miércoles, 14 de mayo de 2014

Comentario fragmento de Los girasoles ciegos

TEXTO (FRAGMENTO ESCOGIDO DE LOS GIRASOLES CIEGOS).
Una de las cosas que más me sorprende es que, inevitablemente, todos teníamos recuerdos de la guerra civil, del cerco de Madrid, de los acosos de las bombas y de los obuses. Sin embargo, nunca hablábamos de ello.
En el colegio, Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres.
Del grupo de amigos que formaban parte de aquel universo sólo uno, Javier Ruiz Tapiador, vestía muy de tarde en tarde el uniforme de Flecha. Tenía ocho años y ya parecía un hombre en miniatura: hablaba con voz grave, tenía un tupé inalterable por la brillantina y una forma de vestir que reflejaba cierto bienestar en su familia. Su casa era caliente, y acogedora y, para corroborar su liderazgo, tenía un hermano mayor, Carlos, que nos contaba cuentos de terror a todo el grupo de amigos con una pasión en sus descripciones, con una maestría para crear situaciones horrendas, que aún hoy sigue sorprendiéndome su inefable capacidad de narrar historias improvisadas.
A la luz de una vela que le confería un aire fantasmal, hablando cadenciosamente y salpicando su narración de onomatopeyas escalofriantes, comenzaba siempre su relato hablándonos de unos hechos pavorosos que él había presenciado.
Los protagonistas eran siempre un grupo de niños de nuestra edad acosados por un ejército de leprosos que se movían lenta y amenazadoramente buscando nuestras vísceras como si fueran su única posibilidad de sobrevivir. La lepra no era una enfermedad infecciosa, era una enfermedad del alma y su peligro no estribaba en el contagio sino en su voracidad caníbal.
1ª) INDIQUE EL TEMA Y ESCRIBA UN RESUMEN DEL TEXTO:
TEMA: La posguerra desde la inocencia de la infancia
RESUMEN: En la posguerra no se hablaba de los recuerdos. Los vencedores camuflaban los horrores tras las palabras. Del grupo de amigos destacaba como líder Javier Ruiz Tapiador, por ser Flecha, tener una buena casa y un hermano mayor con una maravillosa capacidad para contar relatos de terror sobre niños de nuestra edad acosados por un ejército de leprosos caníbales.
2ª) INDIQUE LA ORGANIZACIÓN DE LAS IDEAS DEL TEXTO:
El texto se organiza en dos bloques de contenido, que podríamos nombrar como 1: Recuerdos de ambiente  (1º y 2º párrafo) y 2: Recuerdos sobre Javier y los amigos (3º, 4º y 5º párrafo). Dentro de cada uno de los apartados podemos distinguir los siguientes contenidos:
…………1) Recuerdos de ambiente (generales):
……………………..1.1. Los horrores en los recuerdos se silenciaban (L.1-3).
……………………..1.2. Los eufemismos de los vencedores pretendían transformar la realidad y los recuerdos (víctimas/héroes; muertos/caídos por Dios; guerra/Victoria, etc.)(L.4-10)
………..2) Recuerdos sobre Javier y los amigos (concretos).
……………………2.1. Descripción de Javier (L. 11-14)
……………………2.2. El magnetismo de su hermano Carlos (L.15-19)
………………………………….a) Su capacidad para inventar y contar historias de terror (L.20-3).
………………………………….b) Estructura del relato de terror: a) Principio de hechos vividos, b) niños, pandilla, protagonista, c) Leprosos antropófagos, antagonista (L.24-29).
ORIENTACIONES PARA EL COMENTARIO DE OPINIÓN:
El texto nos presenta varias opciones a través de las ideas expresadas: en el primer párrafo nos habla del silencio que sellaba los horrores de los recuerdos de la guerra. Hay silencios complices, silencios culpables y silencios necesarios. Complices cuando sancionamos con nuestro silencio un orden establecido, silenciamos lo que no nos interesa recordar, lo que no nos interesa que nos sea recordado porque evidencia la mentira en la que vivimos, nuestra falta de honestidad. Es el silencio de quien impone un nuevo orden basado en los horrores. Hay otro silencio culpable, el de quien puede hablar y silencia por su propio interés aún consciente de la doblez de su actitud. Hay un silencio necesario, irremediable, el de aquellos a los que la vida no da otra opción. Este es el silencio del texto. El silencio de quienes con su voz se exponen al exterminio, el silencio cantado por Quevedo cuando se quejaba de vivir en un país donde siempre había que silenciar lo que se siente, siempre hay que sentir lo que se dice. Es el silencio impuesto por el instinto de supervivencia.
La idea expuesta en el segundo párrafo no es menos interesante para comentar: el poder de la palabra para transformar la realidad y el recuerdo. El uso de eufemismos que ocultan o disfrazan la realidad tras las palabras. El texto nos ofrece algunos ejemplos, pero es una práctica continua que podemos observar en el lenguaje del poder no solo en aquella época, sino siempre. Parece que una crisis lo es menos cuando se nombra como “desaceleración económica”, o que una bajada de sueldo lo es menos si se trata de un “ajuste presupuestario”, o que los despidos no duelen tanto si se nombran como un “reajuste de plantilla”, que el paro no es lo mismo que “desempleo”, o que una suspensión de pagos da miedo mientras que una “concurso de acreedores” es algo menos serio, casi televisivo. El fondo, los significados, son el mismo, pero endulzan la realidad, la hacen digerible enfocándola desde la perspectiva que en cada momento interesa destacar.
La tercera idea intereresante es la asociación que realiza el texto entre la “afinidad” al poder y la prosperidad familiar o personal. La afinidad queda expresada por la exhibición que su amigo hace de los símbolos del nuevo poder: uniforme de flecha, voz grave, tupé inalterable, brillantina. Y el bienestar familiar en su forma de vestir, su casa caliente y acogedora. Durante la transición española se acuñó el término “chaquetero” para señalar a la persona que se cambiaba de chaqueta y de discurso para lograr la afinidad con los vencedores en las elecciones, cambiar de bando y seguir viviendo de la política. ¿Sigue siendo el arribismo, el peloteo, el hacer pasillos, la hipocresía y la adulación un forma de medrar en la vida?  Y no nos referimos solo al ámbito político o sindical, también en ámbitos como el académico o el empresarial. Ya sé que la respuesta es que sí, la siguiente pregunta es ¿hasta qué punto es ético o moral usar las influencias por proximidad o las apariencias para medrar a costa de quien puede valer más que otro?
Por último, creo que otra línea interesante de comentario es el desarrollo de la alegoría que aparece en los dos últimos párrafos: los cuentos de terror. Podemos estar hablando de la intolerancia como enfermedad social, del rechazo a quienes no son como nosotros, a quienes necesitamos a toda costa destruir para nuestra propia supervivencia. El intolerante no piensa, como los leprosos se mueven siempre en masa, lenta y amenazadoramente. El problema no es que sea una enfermedad infecciosa porque no pueden contaminarte con sus creencias, sino su voracidad caníbal, devorar, destruir a los demás, a quienes no son como ellos.  El asunto no es sencillo de reflexionar, sería un lugar común asociar dictadura con intolerancia y ausencia de libertad, pero en ese caso el obligar a la expresión de un pensamiento único es algo explícito. Si dices algo contrario al régimen, te meten en la cárcel. Pero, por eso, preserva la libertad del alma. Sabes dónde estás tú y qué quieres. Se convierte en enfermedad del alma cuando te transformas en un leproso y denuncias a tu vecino porque en su intimidad lo has oído expresarse contra lo “politicamente correcto”. ¿Estamos viviendo ahora una epidemia de lepra intolerante bajo la bandera de la tolerancia? ¿Podemos, en nuestra sociedad moderna expresar nuestras opiniones sinceras sin correr el riesgo de ser anulado como indeseable bajo estigmas como “homófobo”, “intolerante”, “fascista”, “xenófobo”, “machista”, u otra etiqueta parecida? ¿Te sientes libre para expresar tu opinión en grupo? Es posible que esta enfermedad del alma que nos describe el autor siempre haya existido por la propia naturaleza humana: nazis-judíos; proletarios-burgueses; cristianos-moriscos; musulmanes-cristianos; ingleses-indios, etc.

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